Estados Unidos ha cruzado un umbral de barbarie que ni los guionistas más oscuros de Hollywood se hubieran atrevido a imaginar. En el corazón de los Everglades, un pantano abrasado por el calor, plagado de mosquitos, serpientes y caimanes, el gobernador de Florida, Ron DeSantis, ha anunciado la apertura de un campo de detención migratoria apodado con cinismo: Alligator Alcatraz. Un nombre que no oculta su propósito: convertir el miedo en política de Estado y el sufrimiento humano en espectáculo electoral.