“Buenos” y “malos” en geopolítica

Enviado por tortilla el Sáb, 03/12/2022 - 18:46

Wilfredo Gutiérrez *, 3 de diciembre 2022

No hay nada “malo” en “querer ser el bueno” o “la buena” de la película. Ese sentimiento es absolutamente humano. El problema es el método con el que históricamente se ha pretendido serlo.

Parece un “pecado académico” mezclar cosas que son subjetivas o morales con cosas que son “objetivas” y “científicas,” pero que en verdad solo son palabras para entender una realidad integral. Desde los tiempos del Viejo Oeste norteamericano, la cultura cinematográfica ha proyectado al “chavalo de la película” como el “bueno” y a los “villanos” como los “malos.” Desde ahí, ya se puede tener una idea de las dinámicas ideológicas del imperio unipolar yanquee. Por eso, considero apropiado discutir un famoso cliché de las ciencias políticas que está más cargado de ideología que de verdad científica: “En geopolítica no hay buenos ni malos, sólo hay intereses.”

¿Por qué ese cliché no me simpatiza?  Miremos tres razones.

En primer lugar, yo percibo el cliché como una justificación solapada de las brutalidades del imperio unipolar. No puedo negar que hay teorías sobre la supuesta verdad del cliché, particularmente aquellas que enaltecen la “sobrevivencia del más fuerte.” Es decir, el “darwinismo social” cuya racionalidad descansa en la biología de “selección natural;” y que tiene primos hermanos en la “neurociencia” del “chispireo eléctrico neuronal” y los “genes inferiores” como el “origen de la criminalidad,” etc. Teorías que, a mi entender, no son mas que ataques racistas y pseudocientíficos contra una sola cosa: La libertad humana.

El problema con las teorías de la “selección natural” o “la ley del más fuerte” es que no pueden aplicarse mecánicamente o determinísticamente al desarrollo de las sociedades humanas. Y el debate que existe en torno a toda esa tradición intelectual de “determinismo” versus “indeterminismo,” etc, a mí me parece un eterno entretenimiento. Así que, yo prefiero conformarme con una interpretación básica de la naturaleza humana a partir del argumento aristotélico de que el “hombre” (y yo debo decir sin mucha discusión, la “mujer” también) es un “animal político” por “naturaleza social y racional.” Esto cambia por completo las reglas del juego del desarrollo humano, y especialmente si a eso le agregamos el hecho de que “la historia la hacen y la escriben los vencedores,” aunque no a su propio antojo porque los “vencidos” también son “animales políticos.”

Siguiendo a Aristóteles, el argumento es que el “hombre” no puede vivir fuera de la sociedad y el Estado porque entonces tendría que ser una “bestia” o un “dios.” Pero como evidentemente el “hombre” o la “mujer” no puede ser ninguna de las dos cosas, ni “bestia” ni “dios” en términos absolutos, entonces el ser humano está obligado a existir, vivir y subsistir en organización política y social hasta la consumación de los siglos.

Haciendo a un lado, por supuesto, la “Robinsonada” de Defoe del colonialismo británico, la única herramienta que tiene el “animal político” para existir, vivir y subsistir en el mundo es la libertad socialmente relativa. Una libertad que, a mi entender, solo puede expresarse en grados de inclinación hacia “dios” o hacia la “bestia;” es decir, en equilibrio de poder, donde “dios” o el “bien” tiene la preeminencia. O sea que, la inclinación hacia el “bien” es consubstancial a la responsabilidad moral del “animal político.” De ahí que, no hay nada “malo” en “querer ser el bueno” o “la buena” de la película. Ese sentimiento es absolutamente humano. El problema es el método con el que históricamente se ha pretendido serlo. Harold Pinter, según John Pilger, sintetizó la política exterior del imperio yanquee diciendo, “bésame el *$%# o te pateo la cabeza; es tan simple y tan crudo como eso.” Pues, ¿Cómo puede “ser bueno” en este contexto el “chavalo de la película”?  Nadie puede poner en duda que EEUU también tiene derecho a defender sus propios “intereses” en el mundo, pero no en la magnitud de tan brutal inclinación hacia la “bestia.”

Por lo tanto, cuando pregonamos que “en geopolítica no hay buenos ni malos, sólo hay intereses,” estamos justificando y legitimando el orden mundial unipolar darwinista del “más fuerte.” ¿Y quién es el “más fuerte”? ¿Quién tiene la mayor capacidad (pero no por “selección natural”) política, militar, económica y cultural para imponer sus “intereses” en el mundo?  Obviamente el imperio yanquee junto con sus aliados del “Jardín de Borrell.” Así que, el cliché solo sirve para justificar que los “intereses” del “más fuerte” sean los que tengan que prevalecer en el mundo. Esa ha sido la realidad por gran parte de la historia contemporánea, pero no quiere decir que “debería de ser” así.

El famoso cliché, entonces, da “luz verde” al imperio unipolar yanquee para que siga imponiendo sus “intereses” en el mundo de la forma en que lo hace. Pero no solo eso. El cliché sirve también para absolver al imperio de responsabilidad ética y moral, puesto que, si “no hay buenos y malos” en la película geopolítica, indignarse o condenar la conducta imperial es un absurdo, como quien dice que solo la fuerza bruta es la reina de la tierra. Así que, los campeones de la “selección natural” y el “darwinismo social” quieren que creamos que la “culpa” es de los “genes superiores” del “más fuertes,” y seguramente también, querrán que mostremos admiración por aquellos y aquellas que parecen machacar el cliché con aire triunfal.

En segundo lugar, no simpatizo con el cliché porque es un instrumento para la destrucción del principio filosófico de lo que “es” la realidad y lo que “debería de ser.” Si no hay ética y moral en geopolítica, el imperio unipolar “puede limpiarse el *$%#” con ese principio. ¡Pero qué es esa vulgaridad! Esa “vulgaridad” es el instrumento mediático hegemónico de doble rasero con el que el imperio manipula los “valores universales” de democracia, derechos humanos, libertad de expresión y justicia social para imponer “regime change” en las naciones del mundo. Como sabemos, los “animales políticos” imperiales dicen una cosa y hacen otra; dictan “reglas universales” pero las aplican con trato desigual a personas y naciones por motivos raciales, económicos, étnicos, políticos y religiosos. Así que, los medios corporativos hegemónicos son el instrumento artero para colapsar la soberanía y el derecho de las naciones a decidir lo que “es” y lo que “debería de ser” el destino de sus pueblos.

Cuando decimos que “en geopolítica no hay buenos ni malos, sólo hay intereses,” entonces “regimen change” mediante la fuerza y la manipulación artera de doble rasero mediático es una cosa “natural” y “legítima” por virtud de la “superioridad genética” del “más fuerte.” “Regime change” no es un “big deal” porque solo la “bestia” puede decidir lo que “es” y lo que “debería de ser” la realidad en el mundo. Decir que los seres humanos “son creados iguales ante la ley” solo es un cuento. El concepto aristotélico de la “buena vida” para la “polis” (la ciudad) o la comunidad, y por extensión, para los pueblos y naciones del mundo, es una “basura” ante aquella “vulgaridad.”    

El problema es que los “intereses” son simplemente “intereses.” Los “intereses” no tienen facultad intencional consciente; los que tienen facultad intencional consciente son los humanos, y no al revés. Los humanos tienen “intereses,” pero los “intereses” no tienen humanos. No podéis pedir conducta moral a los “intereses” porque solo los “animales políticos” pueden responder por ella. Entiendo que el cliché puede operar como un sarcasmo, pero aún así, solo sirve para hacerle el juego a las falsedades ideológicas que terminan como “verdad” al estilo de Joseph Goebbels.

Y por último, no tengo simpatía hacia el cliché porque es un obstáculo a la esperanza de la realidad multipolar que se configura en el mundo actual. Un obstáculo ideológico que debería de ser relegado a un lugar obsoleto en la historia. De la misma manera que el ser humano tiene capacidad de libertad socialmente relativa para elegir y decidir en la sociedad que le toca vivir, así mismo también cada nación del mundo tiene la potestad de esa misma libertad. Cada nación tiene el derecho soberano de elegir y decidir su propio destino en el concierto de las naciones del mundo.

Cuando la ONU solo sea un triste recuerdo, y cuando presumiblemente ya no haya ambiciones de hegemonía mundial unipolar de doble estándar, el mundo multipolar deberá disponer de alguna forma de dirección colectiva. Pero cualquiera que sea la dinámica del orden multilateral, la cuestión que es imperativa es la responsabilidad político-moral basada en la axiología de la paz, la cooperación, el respeto mutuo, bien común, solidaridad, amor,  amistad, compasión y coexistencia pacífica internacional. Aunque eso puede sonar romántico, yo no veo otro rango de valores humanistas donde los “animales políticos” de la multipolaridad puedan inclinarse más hacia “dios” que hacia la “bestia.” De lo contrario, sería seguir apostando al arsenal del imperio: Egoísmo, avaricia, individualismo, competencia, explotación, exclusión, opresión, racismo, colonialismo y otros tantos elementos sombríos que están detrás del cliché darwinista.

El quid de la cuestión en el mundo multipolar no es acerca de “ser bueno” o “malo” como persona, aunque eso es fundamental, por supuesto. No se trata de que “esta persona es buena y aquella es mala;” o “esta sociedad es mala y aquella es buena.” Nada ni nadie es puramente “blanco” o “negro,” o puramente “bueno” o “malo.” Ese no es el punto. El punto es que las políticas de los “animales políticos” del mundo multipolar deben estar enfocadas en favor de la “buena vida” del pueblo y en el respeto a la “buena vida” de los otros pueblos del mundo. Eso es lo que a mi juicio define que una conducta política en geopolítica sea moral o inmoral, y por lo cual también, inevitablemente, haya “buenos” y “malos” en la película geopolítica.

Es totalmente absurdo que sociedades como Nicaragua, Cuba, Venezuela, y algunas otras pocas, donde sus líderes políticos están trabajando en el desarrollo de la “buena vida” de su gente, sean objetos de ataque del imperio unipolar. Estas naciones no practican políticas injerencistas en otras naciones; su único “delito” es emblematizar los factores claves de una inclinación más hacia “dios” que hacia la “bestia.” Eso es todo. En cambio, sociedades poderosas y desarrolladas, donde sólo una cúpula disfruta la “buena vida,” no es necesario lentes para ver la tremenda oblicuidad del “animal político” hacia la “bestia.” ¡Pero ojo! El “animal político” imperial no se inclina hacia la “bestia” por causa de “selección natural;” se inclina por causa de lo que (yo me permito citar aquí) Stephen Sefton ve como la “falta de buena fe,” lo cual ha llevado a la hegemonía mundial yanquee a un “colapso moral e intelectual.”

En las sociedades más pobres y menos “desarrolladas” del mundo, incluyendo aquellas medianamente desarrolladas, lamentablemente, no solamente el imperio unipolar constituye una amenaza. Hay también un fenómeno peligroso a la independencia y la libertad de los pueblos: La “mentalidad colonizada.” El fallido golpe de Estado del imperio norteamericano en Nicaragua en 2018, por ejemplo, hizo transparente los personajes del fenómeno: Aquellos “nicas que,” como escribió Moisés Absalón Pastora, “venden a su patria” y “piden sanciones contra el pueblo.” Así que, por decirlo de algún modo, la mentalidad colonizada es como “el puente de la bestia.” José Martí puso el fenómeno en su justa dimensión: “El aldeano vanidoso cree que el mundo entero es su aldea, y con tal que él quede de alcalde… ya da por bueno el orden universal.”

Si los “animales políticos” del mundo multipolar solo están esperando ocupar un segundo, un tercero, o un cuarto lugar en la hegemonía mundial, al estilo de la lucha por el poder para neutralizar o eliminar a sus rivales, pues esto será la misma *$%# de la “bestia.” De lo contrario, mi esperanza es que el mundo multipolar tenga la oportunida histórica de acabar con las asimetrías imperiales de amo y esclavo, y que pueda hacer realidad el sueño de aquel hombre que fue encarcelado por un imperio y que desde la cárcel escribió lo que algunos han llamado “una pequeña obra maestra” (La Epístola de Pablo a Filemón). Ojalá que en la era multipolar esa “pequeña obra maestra” que le ha quitado el sueño a teólogos, políticos y filósofos pueda alcanzar toda su gloria: Onésimo ya no sería un esclavo de Filemón, sería “algo mejor,” su hermano.

* Wilfredo Gutiérrez es sociólogo