El giro eterno del reloj al final del año
Este no es el final
y menos el final de un año
porque los años no poseen un final,
sino que son el reflejo absoluto de nuestra cosmovisión:
los años son un reloj de arena
que al llegar al último grano vuelven a desgranar uno a uno el rocío del tiempo.
No, no es un fin,
mucho menos un camino de llegada,
sino que cada año, en sí mismo, es una senda
entre el pasado, el hoy y el porvenir,
es una inmensidad de ciclos infinitos de amaneceres,
es la expansión de los deseos y expectativas
para poder llegar a la interpretación del alma.
Y vuelve a girar el reloj de arena,
despertando una multitud de granos de esperanza:
tiempo y espacio donde se regocijan la inmensidad de los sueños,
convertidos en fe.
Gira de nuevo el reloj,
y con el nace el inicio infinito de nuestros amaneceres:
nuestros labios entrelazados,
el olor al mar,
el calor del verano,
la lluvia torrencial del invierno,
el olor a tierra mojada,
el olor a lo inconfesable
y el olor a la certeza absoluta,
de que, incluso en la distancia,
siempre vamos a estar juntos.
Jeremy Cerna
Berlín 30.12.2025