Primavera de versos para un otoño digital
Gira el mundo, sí, pero no como antes.
Ya no gira sobre sueños ni sobre soles, ni estrellas,
sino sobre datos, contratos y pantallas encendidas.
Los hombres y las mujeres ya no se buscan en los ojos,
sino en perfiles, filtros y cifras que prometen sentido.
Los dioses han migrado a las nubes — no celestiales, sino digitales —
y los profetas murmuran en podcasts
que se apagan antes del último verso.
Hoy se canta a la libertad con voz de marketing,
y se reza por la paz,
mientras se firma el siguiente contrato de armas.
Los niños aprenden a nombrar el mundo con hashtags,
con frases enlatadas y emociones de catálogo.
Los viejos, sentados frente a pantallas que no entienden,
se preguntan, si el futuro fue solo un error de traducción generacional.
¡Oh, juventud de pantallas, pantallas táctiles y pantallas azules!
¡Oh, primavera de likes y algoritmos!
¿Dónde están tus ninfas de carne y verso,
tus centauros de fuego y deseo?
Los poetas ya no beben vinos, rones, ni cervezas en bares,
beben ansiedad en cápsulas y escriben con dedos temblorosos
en teclados que no conocen el silencio:
digitan un Prompt (instrucción), en una de las tantas inteligencias artificiales,
y esperan en milisegundos su próxima obra de muestra.
Vivimos en un mundo donde se proclama la verdad en 280 caracteres,
y se crucifica al que duda con emojis de fuego.
Los mares suben su volumen escandalosamente, pero las noticias bajan su tono.
Los glaciares lloran, y al no ser un trending topic (el tema del momento)
es un escándalo menor.
Pereciese que no hay esperanza, sin embargo,
en un rincón del mundo, una niña dibuja un sol
con crayones prestados y canta una canción
que no necesita traducción porque habla el lenguaje del alma.
Mientras gira el mundo,
todavía hay quien siembra con solo un grano de fe,
quien ama sin testigos, quien escribe sin público, pero para todo público.
Todavía hay quien cree que la belleza — de las palabras, del gesto, del paisaje —
no es un lujo, no es un ornamento, sino una trinchera.
Y yo que estudie las palabras, los números, los discursos y los algoritmos,
que he amado a la carne y al símbolo,
a la idea y al cuerpo, a la patria y al paraíso en forma de revolución,
me inclino ante el milagro de una palabra justa,
de un gesto sin cálculo, de un verso que no miente.
Porque mientras gira el mundo,
y el oro se oxida,
y el poder se disfraza en tendencias y anagramas,
la poesía — esa loca incorregible —
sigue cantando como un ruiseñor en medio del incendio.
Y si aún gira el mundo,
es porque hay versos que no se han callado.
Porque en medio del ruido y la prisa,
la voz de Rubén Darío sigue ardiendo como un faro en la niebla.
Maestro de cisnes y tempestades,
de princesas tristes y profetas errantes,
nos enseñaste que la palabra puede ser espada y caricia,
puede ser templo y relámpago.
Tu pluma fue puente entre siglos,
entre lo eterno y lo fugaz, entre el alma que sueña
y el cuerpo que se desvanece.
Hoy, cuando el mundo se disfraza de progreso
y maquilla su vacío con promesas de innovación,
cuando el perfume de las ideas se evapora
entre cifras, slogans y algoritmos,
te recordamos, Rubén,
como quien vuelve al primer poema
que le estremeció el alma
y le enseñó que la belleza también puede arder.
Porque tú, Rubén,
no escribiste para el olvido,
sino para el fuego que no se apaga,
para la llama de la insurrección permanente.
Y mientras haya quien ame sin cálculo,
quien dude sin miedo, quien cante sin permiso,
tu voz será primavera surgiendo en medio de este otoño digital.
Jeremy Cerna
Berlín 21.10.2025