Nicaragua, estallido de conciencia
No fue caos.
Fue origen.
El Big Bang de los oprimidos,
no como accidente,
sino como voluntad acumulada,
como grito que se negó a morir en silencio.
De la entraña de la tierra surgió el rojo,
como lava que no pide permiso.
Del abismo de la noche emergió el negro,
como memoria que no se deja enterrar.
Los caciques no fueron vencidos,
fueron sembrados.
Y desde sus huesos brotó la cosmovisión,
el entendimiento de que todo está conectado:
el jaguar y el trueno,
el maíz y la sangre,
el canto y la lucha.
La revolución no fue una idea,
fue una necesidad.
Una respuesta al peso de siglos, una forma de decir:
“Ya basta”
con machete, con palabra, con mirada, con el fusil en las manos.
El rojo y el negro no son colores:
Son coordenadas.
Son la cartografía del dolor convertido en fuerza,
del amor convertido en fuego,
de la ternura en organización.
Y en esa cartografía está San Jacinto,
14 de septiembre de 1856,
cuando patriotas nicaragüenses enfrentaron al invasor filibustero,
con coraje y convicción.
Y entre ellos, los indios flecheros de Matagalpa,
que no llegaron con fusiles,
sino con arcos, flechas y espíritu intacto.
No eran soldados,
eran guardianes de la tierra,
y su puntería ancestral fue más certera que cualquier pólvora.
Su presencia fue mensaje:
la dignidad no se mide en armas, sino en las raíces de su pueblo.
Y está también el 15 de septiembre de 1821,
fecha que no es solo acto protocolario,
sino recordatorio de que la independencia
no se firma, se construye.
Se defiende cada día,
en cada escuela, en cada milpa, en cada barrio,
en cada conciencia que se niega a arrodillarse.
El azul y blanco de la patria ondea con orgullo,
pero no está solo.
Es defendido por el rojo y negro de nuestro estandarte emancipador,
el que no se inclina ante imperios ni olvida a sus héroes y mártires.
Ese estandarte tiene rostro:
Sandino, que se convirtió en montaña.
Daniel, que convirtió la palabra en camino, en luz y en guía.
Rosario, que hizo de la ternura una forma de gobierno,
con convicción de futuro,
con amor al amor,
como quien abraza la patria con manos de madre,
madre tierra,
y la proyecta hacia el porvenir
tomando con decoro las mismas raíces que nos dieron la vida,
fortaleciéndose en la resurrección de los santos.
Nicaragua no se explica,
se siente.
Se vive con el pecho abierto,
con los pies en la tierra y los ojos en el horizonte.
Porque aquí, cada volcán es testigo,
cada río es cómplice,
cada niño es semilla.
Yo te amo, Nicaragua,
no solo por lo que prometes,
sino por todo lo que ya eres:
una explosión de dignidad
que se niega a apagarse.
Y en cada septiembre reafirmo mi amor por ti,
así como de julio a julio
pongo mi mano en la conciencia y la puntería de mi corazón
en la defensa de la patria.
Jeremy Cerna
Berlín 14.09.2025