Becca Renk, 3 de agosto 2025

1999: Las secuelas del huracán Mitch
La imagen quedó grabada para siempre en mi mente: Francisco tenía dos años, sus delgadas piernas y sus pies hinchados estaban cubiertos de llagas. Su cabello rubio pajizo se pegaba a su cabeza mientras mamaba apáticamente del pecho de su madre adolescente. Pesaba 6 kg.
Era el verano de 1999 y yo estaba pesando bebés en Nueva Vida. Había venido a Nicaragua tras el huracán Mitch para ayudar en todo lo que pudiera a través de la Jubilee House Community y su proyecto en Nicaragua, el Centro pro Desarrollo en Centroamérica (JHC-CDCA).
Con su oficina principal situada a solo dos kilómetros del campamento más grande de “damnificados” del huracán Mitch, el personal de JHC-CDCA estaba muy ocupado. Nueve meses después del huracán, las 12,000 personas de Nueva Vida, que habían sido trasladadas desde la costa inundada del lago de Managua, seguían durmiendo en el suelo en champas de plástico negro. Había llaves de agua por todo el campamento donde las familias podían acarrear agua para cocinar y lavar, y la electricidad se conectaba a las champas mediante una red de alambre de púas improvisada.
La desnutrición del Mitch
Las familias habían perdido sus fuentes de ingresos: muchas se dedicaban a la pesca en el lago o reciclaban de la basura de Managua. En Nueva Vida no había lago ni chureca.
Sin trabajo, nunca había suficiente para comer. Los camiones de ayuda de las grandes organizaciones humanitarias habían dejado de llegar, sin duda porque se habían trasladado al siguiente desastre, y las familias se veían obligadas a luchar para dar de comer a sus hijos.
Nos habíamos reunido con los líderes que surgieron del caos que era Nueva Vida en sus inicios, y se había elaborado una lista de prioridades para la comunidad. En primer lugar de esa lista estaba un centro de salud: en ese momento, el gobierno neoliberal de Nicaragua había privatizado la atención médica, y la gente de Nueva Vida no tenía acceso a médicos ni a medicamentos. Aún faltaban unos meses para nosotros establecer lo que se convertiría en la Clínica Nueva Vida permanente, y la enfermera Linda Mashburn vino a Nicaragua y realizó un censo nutricional de los niños para tener una idea más clara del alcance de la desnutrición.

Así fue como me encontré en la champa con Francisco y su madre en un momento desgarradoramente íntimo en el que supe que la vida de un niño pendía de un hilo mientras sufría de hambre ante mis ojos. Esa imagen y ese sentimiento me han perseguido durante 26 años y me acompañarán el resto de mi vida.

2025: La nueva generación de Nicaragua
¿Cuál fue el destino de Francisco? No lo sabemos. Llevamos ayuda alimentaria inmediata a la familia, pero pronto se mudaron y perdimos el rastro de Francisco, como perdimos el rastro de tantos otros en ese campo de refugiados.
Afortunadamente, puedo contarles el destino de la nueva generación de Nicaragua. A principios de este año, nuestra clínica participó en un censo nutricional a nivel nacional, ayudando a pesar y medir a los niños de Nueva Vida y las zonas rurales donde trabajamos. Nuestros promotores de salud registraron a 185 niños para que recibieran micronutrientes del Ministerio de Salud cada mes, con el fin de ayudarles en su crecimiento y desarrollo.
La semana pasada, mientras repartíamos los primeros paquetes de micronutrientes a nuestros pequeños pacientes, llegaron los resultados del censo nutricional:
Reducción del 46,6 % en la desnutrición aguda, del 5,8 % en 2016 al 3,1 % en 2025.
Reducción del 56,9 % en la desnutrición crónica, del 13,7 % en 2016 al 5,9 % en 2025.
En 2025, Nicaragua cuenta con atención de salud gratuita, educación gratuita con un plato de comida diaria para 1,2 millones de estudiantes y una serie de programas de reducción de la pobreza y generación de ingresos. Este enfoque integral del gobierno sandinista y sus esfuerzos hercúleos para garantizar que estos programas lleguen a todos los rincones del país contribuyen a garantizar que los niños nicaragüenses de hoy no conozcan el tipo de hambre que sufrió Francisco en 1999.
1990-2006: El hambre en la Nicaragua neoliberal
No hay miedo más fuerte que el hambre. El hambre se ha utilizado históricamente para controlar a las personas: si tus hijos pasan hambre, estarás dispuesto a trabajar por poco dinero y a aceptar malas condiciones laborales solo para alimentarlos. Durante los 16 años de gobierno neoliberal en Nicaragua, las grandes empresas exigían una mano de obra barata y dócil para enriquecer aún más a los ricos. El abandono total de los pobres por parte del gobierno neoliberal provocó una desnutrición crónica en los niños menores de 5 años, que en 2006 había alcanzado el 21,7 %.
Años 70: El hambre en Nicaragua bajo el régimen de Somoza
Más antes, bajo la cruel dictadura de Somoza, las tasas de desnutrición eran aún más altas. Mantener al pueblo nicaragüense hambriento era esencial para sofocar las rebeldías y garantizar la continuidad del régimen de Somoza. En la década de 1970, un grupo de campesinos pobres se reunía para debatir e interpretar el Evangelio, y estas conversaciones se recopilaron en El Evangelio en Solentiname. Durante un debate sobre la Matanza de los Inocentes del Libro de Mateo 2:16-18, un joven observador astuto dijo: «[En Nicaragua] hay tanta mortalidad infantil y tantos niños con retraso en el crecimiento y desnutridos. Creo que eso es perseguir a los niños. Creo que aquí está pasando lo mismo que le pasó a Cristo cuando fue perseguido de niño».
Hoy: La hambruna en Gaza
La persecución de los niños a través del hambre forzada continúa hoy en día.
Mientras celebro la victoria de las tasas históricamente bajas de malnutrición y me alegro por los niños de Nicaragua, al mismo tiempo siento angustia por los niños de Gaza: en los últimos 10 días, el número diario de muertes por hambruna forzada ha aumentado de forma alarmante.
Dado que los palestinos no pueden salir de Gaza, no pueden cultivar debido a los constantes ataques y la pesca está prohibida por Israel, todos los alimentos deben ser traídos a Gaza desde el exterior. Estos envíos de alimentos están controlados por Israel y cuidadosamente calculados para permitir que la gente muera lentamente de hambre, con el fin de controlar al pueblo palestino a través del hambre.
En este momento, parece como si todo el mundo estuviera dentro de una champa de plástico negro, viendo a todos los niños de Gaza tratando desesperadamente de mamar del pecho de sus madres. Todos estamos viviendo un momento desgarradoramente íntimo en el que sabemos que la vida de estos niños pende de un hilo mientras sufren de hambre ante nuestros ojos. Este genocidio seguramente perseguirá al mundo para siempre. La pregunta es: ¿haremos algo para detenerlo?



* Becca Renk es originaria de Idaho, Estados Unidos. Durante 25 años ha vivido y trabajado en el desarrollo comunitario sostenible en Nicaragua con la Comunidad Jubilee House y su proyecto, el Centro para el Desarrollo en América Central; coordina el trabajo solidario de Casa Benjamín Linder.