Desde el barrio hasta la inmortalidad - Pepe Loco

Enviado por tortilla el Mar, 08/07/2025 - 19:07

Jeremy Cerna, 8 de julio 2025

Las agujas del reloj en la pared del hospital parecían detenerse en el instante en que consumaste tu santidad, vos nuestro Santo de la Vulgaridad. Tus ojos se cerraron y ya no puedes abrirlos, ni es necesario que los abras, puesto que tu visión interna, tu convicción es la guía que todos necesitamos para ver sin abrir los ojos, para caminar Como los Santos.

Tu corazón dejó de latir, pero no tu legado. Fue el último paso para trascender a la inmortalidad de las almas, a la fortaleza del espíritu que cree en el pueblo, en el barrio, en esa luz que brilla con nombre propio.

José Alexander Estrada Fonseca, Pepe o Pepe Loco, mi tío Pepe, fue un chavalo como cualquier otro de barrio, con un sentido formidable de la adaptación a las circunstancias que se le plantearon. La pobreza material fue parte de la vida de él y de miles de niños que crecieron durante la dictadura somocista. (Foto de la tumba en Ciudad Sandino)

La familia de Pepe, como muchas otras familias, producto de los desastres naturales en managua: inundaciones, terremotos (1969 - 1972) y las faltas de condiciones para vivir: seguridad, salud, alimentación, educación, entre otras causas, tuvo que emigrar hasta lo que hoy se conoce como Ciudad Sandino, antes OPEN 3. Allí tampoco había condiciones para una vida digna, pero era lo único que tenían a disposición para continuar con su existencia las cientos de familias, entre ellas las de mi padre Gustavo Adolfo Cerna Gonzales.

Poco a poco la población se fue organizando para conseguir que llegará al barrio el agua, la electricidad, algún puesto de salud (la sanidad) y la escuela. Fueron luchas grandes de los pobladores del Open 3 para sentir un poco más llevadera sus vidas. Al lado del pueblo algunos sacerdotes honestos, que reconocían en el pueblo a Cristo, que reconocían en la lucha del obrero, el campesino el evangelio de Dios en la tierra.

Allí estaba el padre Miguel

El padre Miguel fue una figura emblemática en el Open 3, hoy Ciudad Sandino, no solo encabezo las luchas por las reivindicaciones sociales de sus pobladores, sino también que apoyo hasta el último momento de su vida terrenal a la Revolución Popular Sandinista, al Frente Sandinista de Liberación Nacional, al Comandante Daniel Ortega.

En la década de 1970 la dictadura somocista apoyada por Estados Unidos y los gobiernos imperialistas europeos, arreciaban su represión contra el pueblo de Nicaragua. Las condiciones de vida en el campo eran de esclavitud, en la ciudad eran de miseria y sumisión por la fuerza de las armas. Pero entre el campo y la ciudad nace un espacio único, el Barrio: “Espacio no distintivo entre campo y ciudad, con características propias, acumulación de marginalidad y olvido.” (Vamos haciendo la historia – Pancasán).

Es en el barrio donde confluyeron el campo y la ciudad, donde los niños y jóvenes continuaron soñando a ser libres. Open 3 tenía su grupo de soñadores y fue el padre Miguel quien los puso en contexto y contacto con otros soñadores de otros barrios, con el campo y la ciudad.

Un día el padre Miguel cerró la puerta de un aula de clases, según me contó mi papá, y hablo en voz baja, pero de forma clara. Habló de algo de lo que estaba prohibido hablar, habló de Sandino, también mencionó el padre: “Que la tierra debería ser de quién la trabaja, que el agua es de todos y que cuando los oprimidos se unen, tienen más fuerza para derrocar a los opresores.”. Con el paso del tiempo las charlas se fueron haciendo más extensas y profundas, y se hablaba de la igualdad del ser humano, se hablaba del hombre nuevo y de los santos. No de los santos de madera, ni de yeso, sino de los santos de carne y hueso, esos que empuñaban las armas y repetían una y otra vez el milagro de la resurrección, porque cuando moría un revolucionario, revivía en miles de combatientes.

Así que con el padre Miguel, los jóvenes del Open 3, dieron sus primeros pasos en la instrucción revolucionaria, estudiaron la lucha de nuestros pueblos indígenas, la lucha de Sandino, leyeron a Leonel Rugama y escucharon e hicieron la música de la insurrección. Aprendieron a venerar a los santos como Sandino, El Che, Julio Buitrago, Adolfo Aguirre Stathadgen, etc. Y así, los chavalos fueron creciendo, no solo en consciencia, sino también en justicia revolucionaria, hasta convertirse en guerrilleros.


 

De la organización a la acción

Ya como militantes, guerrilleros, del Frente Sandinista de Liberación Nacional – FSLN mi papá, Pepe Loco y otros compañeros y compañeras recibieron la orden de ejecutar unas de sus primeras acciones de inteligencia revolucionaria: Localizar y ajusticiar a los orejas que daban información y ejecutaban operativos en conjunto con la Guardia Nacional para el asesinado del combatientes sandinistas y todo aquel poblador sospechoso de atentar contra la dictadura somocista.

A mediados de los 70s muchos compañeros y compañeras habían sido asesinados por la Guardia Nacional y su fuerza de elite EEBI (Escuela Entrenamiento Básico Infantería). La Guardia conseguía la mayor parte de su información a través de los orejas y jueces de mesta, quienes constituían parte de los escuadrones de la muerte, instituidos por la dictara somocista para mermar las condiciones civiles y político-militares del FSLN y del pueblo en su conjunto.

En Ciudad Sandino, antiguamente Open 3, uno de los más connotados orejas era “El Cojo del Cementerio”, se le llamaba así, por trabajar en el cementerio como cuidador y por no tener el pie izquierdo. El Cojo poseía una escopeta, la cual la manejaba con mucha habilidad, además de tener un caballo a su disposición para mejorar su movilidad y así poder robar las vacas y animales de pasto a los habitantes del sector. Esto lo realizaba en total complicidad con la Guardia Nacional. Por sus palabras y sus acciones El Cojo ya tenía en su historial la muerte de muchos militantes sandinistas y pobladores. La justicia revolucionaria debía llegarle y por razones obvias se organizó un plan para ajusticiarlo.

El cementerio

El cementerio de Ciudad Sandino, desde siempre, ha quedado ubicado en la zona 8, frente a los campos de béisbol de los marañones, campos con mucho polvo y algo de vegetación, lugar que en tiempos de lluvia se llenaba de un lodo inmenso y resbaladizo. La delimitación entre los campos de béisbol y el cementerio en la época insurreccional estaba establecida con postes y alambres lisos y alambres de púas.

El acceso al cementerio estaba dado por cuatro puntos, hacia el norte, detrás del cementerio, la continuidad de la zona 8 (Bella Cruz) y el camino hacia bello amanecer, hacia el oeste la zona 6 pasando por el mercadito, hacia el este zona 1 en dirección a la plaza de los cabros, hoy Plaza Padre Miguel y hacia el sur campo de béisbol de los marañones. Ahí en esa última ubicación quedaba la entrada principal al cementerio y caseta de vigilancia de El Cojo.

El avance del comando

La hora, fecha y la orden estaban dadas y fue así como el comando de jóvenes revolucionarios comenzó la ejecución del operativo contra el oreja somocista “El Cojo del Cementerio”. El comando guerrillero solo contaba con una pistola y varias bombas de contacto. El plan consistía en llegar por el área sur del cementerio y de forma rápida y precisa ajusticiar al informante somocista.

Ya la noche estaba entrada y era el momento preciso de empezar el avance hacia el objetivo. Sigilosamente el comando guerrillero se desplazaba arrastrándose por el suelo y la vegetación que lo cubría. De pronto como premonición ancestral el cielo rugió y comenzó a caer un palo de agua y, por consiguiente, el polvo del piso se transformó en lodo lo que dificultó el avance del comando. Aún con la lluvia que caía incesante se lograba escuchar en la caseta de El Cojo la música que sonaba en su radio de transistores. Esto en la mente de los jóvenes guerrilleros mantenía el elemento sorpresa de la acción, puesto que el oreja se mantenía distraído con su música. Una entre tantas preocupaciones de los guerrilleros era mantener secas las bombas de contacto para que pudiesen accionarse al ser lanzadas.

De pronto, cayó un rayo y la señal radial desapareció, la lluvia comenzó a apaciguarse y de a poco ya solo se distinguía el silencio de la noche. Faltaban pocos metros, menos de 20 metros para alcanzar el objetivo. Uno de los jóvenes guerrilleros cayó al piso, al haberse resbalado, una bomba de contacto explotó y su sonido alertó al oreja y asesino del cementerio. Rápidamente el Cojo movió su cuerpo con una destreza inusual en el día a día, pero usual para matar, cargo su escopeta e inició a disparar hacía el sur, lugar de donde provenía el estruendo de la bomba de contacto.

La retirada estratégica y los dedos de Pepe

El Cojo del Cementerio contaba con abundantes municiones de escopeta para mantenerse disparando durante largo rato, ganando tiempo hasta que una patrilla de la Guarda Nacional llegara en su apoyo. Mientras tanto, los jóvenes guerrilleros apenas disponían de una pistola y algunas bombas de contacto, armas que requerían mantener una distancia segura para ser lanzadas. Esa distancia, sin embargo, ya no era posible: El Cojo mantenía su posición firme y continuaba disparando sin tregua.

El comando decidió emprender una retirada estratégica, rápida y disciplinada. Con movimientos aprendidos en la urgencia de la montaña y la ciudad, comenzaron a replegarse, deslizándose entre sombras y silencio, alejándose del objetivo. Debían atravesar nuevamente los cercos de alambre liso y de púas, los mismos que habían cruzado minutos antes.

En uno de esos instantes donde la vida se juega en la frontera entre impulso y el reflejo, Pepe resbaló. En su intento por no caer, se aferró instintivamente al alambre con su mano derecha. El metal respondió con una mordida brutal, caliente, afilada, y enseguida la sangre comenzó a brotar con un olor metálico, denso, inconfundible.

Pepe se reincorporó sin quejarse, como si la urgencia anestesiara el dolor. Continuó con la retirada. Solo al alcanzar una distancia prudente del cementerio y fuera del alcance de la escopeta de El Cojo, se atrevió a mirar su mano. A Pepe le faltaban las primeras falanges del dedo índice, del dedo medio y del dedo anular: tres ausencias que latían como un recuerdo inmediato y brutal.

Horas después Pepe fue llevado por sus hermanos guerrilleros a una clínica clandestina ubicada en el residencial las mercedes de Mangua. Ahí tuvo la oportunidad de realizarse las curaciones necesarias. Sus dedos se quedaron atrás, atrapados entre alambres y recuerdos, pero su apego por la vida se afiló como cuchillo, su puntería para construir el futuro —aunque fuese con pólvora y balas — se volvió infalible. La lealtad revolucionaria se selló con sangre, tanto suya como la de sus hermanos guerrilleros. Lealtad que permanece intacta, firme, como cicatriz en la memoria colectiva que todavía nos acompaña en este plano de vida.

En la casa de seguridad y el aprendizaje

Ya en una casa de seguridad se pasó a un momento de reflexión sobre lo ocurrido. Sin embargo, vos Pepe nunca dejaste de sorprendernos, aún en los momentos más difíciles mantenías un humor a toda prueba: “Mejor perder un dedo que las bolas o parte de la pirinola”, según vos mismo eso fue lo primero que se te vino a la mente en alusión a otro compañero que tuvo un percance con sus entrepiernas.

Con el tiempo, al recapitular los hechos en reuniones clandestinas, los guerrilleros comenzaron a desentrañar con mayor profundidad aquel episodio. De la reflexión nació la estrategia, y en el crisol del fuego insurgente se templaron con convicción inquebrantable y lealtad revolucionaria hacia el FSLN. Allí, entre miradas cómplices y silencios cargados de historia, se consolidaron los lazos que transformaron a un grupo combatiente en un núcleo irreductible de fraternidad militante.

Son elementos vivos, vigentes, tatuados en el pulso de cada uno de los miembros de aquel comando: lealtad atemporal hacia nuestros héroes y mártires, hacia la memoria que camina con nosotros. Y, sobre todo, hacia nuestra dirigencia: el Comandante Daniel Ortega y la Compañera Rosario Murillo, pilares que sostienen esta travesía de justicia popular desde las entrañas mismas de Nicaragua.

José Alexander, o mejor dicho, Pepe Loco, a vos y a todos los que forjaron esta Nicaragua libre y sandinista les debemos un agradecimiento que no cabe en las palabras, ni en las fechas. A vos, que, en abril de 2018, frente al intento de golpe de Estado, encendiste la chispa revolucionaria y movilizaste con firmeza a combatientes y colaboradores históricos del FSLN para mantener el municipio de Ciudad Sandino libre de los tranques de la muerte, te conmemoramos con orgullo y convicción.

Yo tengo la seguridad de que cada una de tus bromas, locuras estaban inspiradas en ese sentimiento de amor hacia la Revolución Popular Sandinista. Las bromas y tu vulgaridad solo eran un bosquejo de tu idiosincrasia y sabiduría de la dialéctica revolucionaria contextualizada en el barrio, tu barrio. Vos sos un digno hijo de Sandino y Carlos Fonseca.

Pepe, me quedo con las palabras que parafraseaste o salieron de tu intelecto, en aquel enero 2019. Palabras que te acompañan desde tu Barrio “Ciudad Sandino” hasta la inmortalidad:

Para ser revolucionario se tiene que ser capaz de convertir los problemas en posibilidades. Y esas posibilidades aprendidas se deben aplicar en el terreno para convertirse en realidades.”

Jeremy Cerna

Berlín, 08.07.2025

 

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