27 de septiembre de 1975 - Los últimos fusilamientos del franquismo

Enviado por tortilla el Mié, 28/09/2022 - 12:13

Agustín Velloso Santisteban, Kaos en la Red, 28 de septiembre 2022
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En la madrugada del 27 de septiembre de 1975, las detonaciones retumbaban en el aire, se estaban produciendo las últimas ejecuciones de la funesta y moribunda dictadura del general Franco.


Por Paco Barreira

Papá, mamá: Me ejecutarán mañana de mañana.

Quiero daros ánimos. Pensad que yo muero pero que la vida sigue.

Recuerdo que en tu última visita, papá, me habías dicho que fuese valiente, como un buen gallego. Lo he sido, te lo aseguro. Cuando me fusilen mañana pediré que no me tapen los ojos, para ver la muerte de frente.

Siento tener que dejaros. Lo siento por vosotros que sois viejos y sé que me queréis mucho, como yo os quiero. No por mí. Pero tenéis que consolaros pensando que tenéis muchos hijos, que todo el pueblo es vuestro hijo, al menos yo así os lo pido.

¿Recordáis lo que dije en el juicio? Que mi muerte sea la última que dicte un tribunal militar. Ese era mi deseo. Pero tengo la seguridad de que habrá muchos más. ¡Mala suerte!

¡Cuánto siento morir sin poder daros ni siquiera mi último abrazo! Pero no os preocupéis, cada vez que abracéis a Fernando, el niño de Mary, o a Manolo haceros a la idea de que yo continúo en ellos.

Además, yo estaré siempre con vosotros, os lo aseguro.

Una semana más y cumpliría 25 años. Muero joven pero estoy contento y convencido.

Haced todo lo posible para llevarme a Vigo.

Como los nichos de la familia están ocupados, enterradme, si podéis, en el cementerio civil, al lado de la tumba de Ricardo Mella.

Nada más. Un abrazo muy fuerte, el último.

Adiós papá, adiós mamá.

Vuestro hijo:

José Humberto

(carta que dejó para sus padres).



En la madrugada del 27 de septiembre de 1975, las detonaciones retumbaban en el aire, se estaban produciendo las últimas ejecuciones de la funesta y moribunda dictadura del general Franco. Las últimas ejecuciones que se iban a producir en España. Los ajusticiados eran cinco hombres: Xosé Humberto Baena, José Luis Sánchez-Bravo y Ramón García Sanz militantes del FRAP, los otros dos, Jon Paredes y Ángel Otaegui, lo eran de ETA. Todos fueron condenados por terrorismo por la dictadura en un juicio sin garantías (con declaraciones arrancadas tras interminables torturas) y fusilados desoyendo a la contestación social y a las voces internacionales, que reprobaron duramente las sentencias. Cometieran o no los delitos, lo cierto es que fueron víctimas de un simulacro de justicia que los sentenció antes de juzgarlos.

El libro “Mañana cuando me maten” narra lo sucedido mediante el testimonio de los protagonistas, de sus familiares y amigos, de los abogados y compañeros de militancia, y lo acompaña de documentación inédita que arroja luz sobre los detalles que rodearon a los sucesos de aquel septiembre de 1975.



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En lo personal no puedo olvidarlo, ya que al día siguiente había un funeral por ellos en la Iglesia de San José, en la calle de Alcalá, frente al ministerio de Educación. Por lo visto hubo un chivatazo y se desconvocó. Yo fui el que entró voluntariamente en la Iglesia a “dar el agua” a los que ya estaban dentro.

A la salida un poli de paisano de la brigada político-social me encañó en los riñones con una pistola y me gritó: “alto o disparo”. Me paré y ni pensé en la muerte, era un inconsciente, tenía 14 años. De allí esposado a la dirección General de Seguridad, al sótano, golpeado, insultado, maltratado y amenazado con tortura por no “cantar” como otros, según me decían otros policías de paisano que me enseñaban fotos de mis compañeros en diversas manifestaciones en Madrid.

Supongo que me libré por ser menor, si llego a ver las agujas que me iban a clavar entre las uñas, me desmayo.

Cuando a las tantas de la noche llegó mi padre a buscarme la D.G.S., empezó a golpearme en cuanto me vio. Me alegré de los golpes de mi padre, ya que me libraban de los que me daban los policías. De allí a casa. Los dolores que me dejaron las esposas en una de las muñecas, porque un policía le dijo a otro: “a ése apriétaselas bien”, me duraron tres meses. No me atreví a ir al médico, por un miedo absurdo, a que me llevaran otra vez a la D.G.S.