Wilfredo Gutiérrez *, 28 de mayo 2023
Disculpad si esto suena arrogante o grosero a las compulsiones que os causa la fiebre tecnológica moderna. Es simplemente la sospecha de una ideología desquiciada por la avaricia, la competencia, el individualismo y la destrucción de las relaciones humanas. No estoy en contra de una tecnología moderna que busque el mejoramiento físicamente saludable, intelectual y psicológico del ser humano. Si hacia eso apunta el Transhumanismo, ¡Perfecto! Pero la cuestión es otra.
La cuestión es que toda tecnología moderna, como siempre, genera desigualdades sociales, niega la libertad y el libre arbitrio de las personas, y apoya la ideología dominante de las grandes corporaciones y élites gubernamentales. El Transhumanismo (H+) no es la excepción.
El argumento que dice que el libre albedrío (o la libertad en general) “es una ilusión” está directamente relacionado a la tecnología moderna, y tiene dos fuentes. Una fuente es el “determinismo naturalístico.” Es decir, cuando, por ejemplo, un neurocientista como Benjamín Libet o Sam Harris asegura que un “circuito eléctrico neuronal” es la “causa” de las decisiones del libre arbitrio en vez de la consciencia de la persona. No voy a discutir en este texto las razones por las cuales este argumento es “pseudocientífico,” ya que existe seria evidencia científica, flosófica y teológica que lo atestigua. Pero no os dejaré con el “antojo” de siquiera una idea: Estos deterministas “venden una ciencia basura” en el campo del libre albedrío, como señaló el doctor neurocirujano Michael Egnor.
La seguna fuente de que la libertad o el libre arbitrio de las personas “es una ilusión” emerge de la sociedad. Mi entendimiento en este ámbito es que eso es correcto, y no correcto. Yo entiendo que existe un condicionamiento sociohistórico y sociopolítico de la sociedad sobre el individuo, y cada individuo “se defiende” como puede con su libertad relativa ante ese condicionamiento. Si un individuo es un fanático ciego de las fuerzas sociales externas de la sociedad, pues simplemente será un “esclavo” o un “títere” de la “mentalidad de masa” al tenor del concepto famoso de Gustave Le Bon.
Es verdad que las teorías fascistas del poder de la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini se beneficiaron de las técnicas de psicología social propuestas por Le Bon. Pero también es cierto que esas técnicas han servido para promover una conducta subordinada de la gente a la propaganda comercial y tecnológica. Una persona que compra compulsivamente el producto de “última moda” cada vez que sale al mercado, por ejemplo, para estar “a la altura” del “cuerpo masculino ideal” o el “cuerpo femenino ideal” recomendado por los estándares de belleza de la Inteligencia Artificial, puede aducir que él o ella es “libre” para comprar lo que quiera. Esta persona incluso puede decir que tiene “libertad” de comprar hasta lo que no necesite porque lo que compra es una expresión de su “deseo” o “necesidad.” ¡Bravo!
El problema es que esta persona ciégamente asocia “tecnología” con “progreso,” sin saber que su “deseo” o “necesidad” han sido sutilmente implantados en su mente por la maquinaria publicitaria hegemónica y las redes sociales. En su libro One-Dimensional Man, por ejemplo, Herbert Marcuse señaló que “la fuerza de liberación de la tecnología,” o sea la “instrumentalización de las cosas,” se convierte en “cadenas de liberación,” es decir, en la “instrumentalización del hombre.” Con el Transhumanismo quizá esto podría ser la “estocada final” en la consciencia. Pero en el grado en que la persona ejerce su intución ante dicha realidad, el libre albedrío no puede nunca ser una “ilusión.”
Los verdaderos favorecidos de la tecnología moderna son las grandes corporaciones y élites gubernamentales. Ellas usan su influencia económica para conformar las políticas de gobiernos a su favor. Eso pasó con la ciencia y tecnología de las vacunas durante la pandemia de Covid-19. Según Página12, por ejemplo, las ganancias extraordinarias de Pfizer por la venta de vacunas a nivel global “registró un incremento del 92 por ciento interanual en su facturación durante el segundo trimestre de 2021.” No hay que discutir la “ética empresarial puritana” del capitalismo para saber que si eres el “iniciador del desarrollo” debes “forrarte de dinero.” Sólo basta saber que existe una privatización salvaje de la salud en el mundo.
¿Por qué tengo yo que hacerme ilusiones con la tecnología del Transhumanismo en los campos de la Inteligencia Artificial y la manipulación genética? ¿”Qué corona tiene” el Transhumanismo para que yo no pueda disentir de su promesa? ¿Qué es la racionalidad de un afán de “inmortalidad” cuando la realidad del mundo es que nada es eterno? ¿Por qué una obsesión absurda por el “hombre perfecto” o la “mujer perfecta” cuando la farándula mediática hegemónica y de las redes sociales mata a nuestras niñas y niños por ansiedad y depresión?
De lo que yo puedo maravillarme es de que una sociedad pobre como la de Nicaragua, aunque dependiente de la ciencia dominante de las vacunas, no se “enganchó” en el ardid político global de la pandemia. Más bien, por la soberanía nacional de la nación y la reciprocidad política del pueblo con sus dirigentes Sandinistas se logró proteger ejemplarmente la salud y la justicia social de su gente hasta en el último rincón del territorio nacional. No hace falta mencionar los logros de igualdad social en esta nación centroamericana, ya que son bien conocidos en el mundo, por mucho que sus adversarios quieran ocultarlo o negarlo.
Uno de los ideólogos recalcitrantes del Transhumanismo, el historiador israelí Yuval Noah Harari, no sólo instiga las desigualdades sociales, sino que también insulta la dignidad de las personas cuando habla de “gente inúti,” “gente sin sentido” y “gente indigna” o miserable. ¿Pero quién es esta “gente” objeto de tanto menosprecio? Presumiblemente serán aquellas personas que se nieguen a tomar una droga o ponerse una inyección para “salvarse” o llegar a ser “superintelectos” o “superhumanos.” Es la gente rotulada como la “clase inútil.” O sea que, las desigualdades sociales generalmente conocidas entre ricos y pobres o entre burgueses y proletarios, en el esquema “H+” de Harari será entre los “superintelectos” y la “clase inútil” (la gente “indigna” o miserable).
La patología de este señor, al igual que la del neurocientista Sam Harris, es imponer la supuesta “verdad científica” de que el libre albedrío “es una ilusión.” Harari dice que “debemos aceptar que somos animales hackeables.” Y no contento con eso, embusteramente asegura que “las personas más fáciles de manipular serán aquellas que creen en el libre albedrío.” La patología es tal como si un farsante le dijera a un ciego: “Es mejor que te mantegas ciego y que no recuperes la vista porque hay muchas cosas malas en el mundo que no te gustaría ver.” La verdad es que quien tiene que decidir con su libre arbitrio sobre las “cosas malas” del mundo es el “ciego,” no el farsante.
¿Acaso la intención de “hackear,” engañar, manipular, distorsionar o robar es una gran novedad en la historia? Sólo pensemos un poco en el alcance distintivo de las nociones de “falsa consciencia,” “plusvalía,” “sobrevivencia del más apto,” “fin de la historia,” “genes egoístas,” “genes criminales” y “razas inferiores” para conocer la infamia que está detrás de las ideologías imperiales contra la libertad humana.
La expresión misma de “animal hackeable” no sólo es chocante al sentido común, sino también perniciosa cuando comparada al concepto aristotélico de “animal político.” La primera degrada al ser humano; la segunda lo eleva. Y lo eleva porque “animal político” connota el poder o la facultad de libertad del hombre y la mujer para elegir y decidir su destino socialmente en el mundo. Pero claro, otra cosa es que el “orden mundial unipolar” occidental quiere imponer “un solo destino” para toda la gente en el planeta. Lo que sin duda es totalitarismo llano y simple.
Pero este totalitarismo unipolar es precisamente lo que defiende el judío transhumanista cuando celebra el neoliberalismo y ataca la soberanía e independencia de las naciones. “La historia liberal,” dice él, “sigue siendo fundamental para el funcionamiento del orden global. Además, el liberalismo ahora es atacado por fanáticos religiosos y nacionalistas que creen en fantasías nostálgicas que son mucho más peligrosas y dañinas.” Ese es el motivo político real que está detrás de su clamoreo que “debemos aceptar” que “somos animales hackeables.” Y es también el motivo político real detrás de su afirmación de que el libre albedrío “es un mito peligroso” y detrás de la altanería de su pregunta: “¿Qué vamos a hacer con la gente inútil?” Una pregunta que no sólo insulta la dignidad humana, sino que también parece salir de la boca de alguien que se cree el director o policía del mundo. Pero no nos escandalicemos por prejuicios de “superioridad” humana. El mismo Don Carlos comparó a los campesinos franceses con “sacos de papa” y se refirió a los campesinos en general como “idiotas rurales.” Pero al menos este gran pensador, que yo sepa, nunca preguntó “¿Qué vamos a hacer con los ‘sacos de papa’?”
Carlos Fonseca Terán, el hijo del fundador principal del FSLN, recientemente dijo, “la actual lucha por la autodeterminación de Nicaragua y la aplicación de las leyes a los golpistas forma parte de las enseñanzas del comandante Carlos Fonseca Amador.” Los ideólogos del Transhumanismo “la fuman muy verde” cuando piensan que las personas y los pueblos más conscientes de su libertad son “hackeables” o los “más fáciles de manipular.” ¡Es alucinación pura! La realidad es que cuanto más conscientes de su libertad son las personas y los pueblos, más repugnancia les inspira la infamia de las ideologías imperiales, neocolonialistas o transhumanistas. Ocurre exactamente lo contrario para la desgracia de todos los infelices que quieren destruir a Nicaragua.
Si “hackear” significa que una máquina, un “hacker,” o un dispositivo móvil sabe cuáles son mis preferencias personales, las cosas que leo o no leo, las cosas que compro o no compro, los vídeos que veo o no veo, etc, no significa que yo no pueda estar consciente de esa realidad. No significa que uno no tenga intuición, o que, en el mejor de los casos, uno no pueda reírse del “hackeo” institucional por su fracaso de no poder saber lo que realmente pasa en la mente de una persona. No dudo que las trampas del “hackeo” puedan robar los datos de identidad de las personas y hasta su dinero de los bancos. Pero esto no significa que hayan “hackeado” su mente. El libre arbitrio continúa intacto porque la mente es incomunicable e inalienable.
El hecho que una evidencia para sustentar la libertad y autodeterminación de las personas y los pueblos venga del pensamiento de un teólogo o un santo no tiene por qué prejuiciar la razón, ni mucho menos descartar su verdad para no ofender al “dios de la ciencia.” Ricardo de San Víctor, hablando de la persona, dijo: “intelectualis naturae incommunicabilis existential.” Hay una “existencia incomunicable de la naturaleza intelectual” del ser humano. El filósofo y poeta latino romano Boecio dijo también que “la persona es la sustancia individual de la naturaleza racional.” ¿Cómo diablos, en un contexto de incomunicable e inalienable interioridad y autodeterminación del ser humano, vamos a ser “animales hackeables”? ¿O que un imperio externo vaya a violar sin la autorización de un pueblo su esencia racional existencial? El unico “libre albedrío” que yo conozco, y que más bien es una “voluntad esclava del mal,” es el de aquellos seres infelices que piden “sanciones” contra Nicaragua.
El mismo principio del libre albedrío real y verdadero de las personas se aplica a la psique nacional de los pueblos y naciones soberanas del mundo, como Cuba, Venezuela, Nicaragua, Bolivia, y otras más. El sentido de libertad e independencia de estas naciones emana precisamente de la interioridad inalienable y racional de su existencia en el concierto de las naciones del mundo.
Si no existiera el libre arbitrio o libre albedrío, no podría existir la coexistencia humana. Lo que podría haber es una recua de vacas o borregos a la deriva. El libre arbitrio es la esencia de la persona para vivir, subsistir y coexistir. Es verdad que hoy vivimos en un mundo donde, en general, lo que es “malo” es “bueno” y lo que es “bueno” es “malo.” Pero esto no quiere decir que la raza humana está maldita o hundida en heces. No nos confundamos. El punto no es que EL HOMBRE quiere ser un dios en la tierra. El punto es es que ALGUNOS HOMBRES quieren ser los dioses en la tierra, mientras que OTROS sólo buscan la paz y la armonía. Ese es el quid de la cuestión. Si los humanos no tuviésemos libre albedrío, entonces “aquellos hombres” que quieren ser los dioses en la tierra, muy felices y contentos querrán convertirnos en una recua de vacas o borregos yendo directo al matadero. ¿Por qué no pueden los “dioses” y “lumbreras” que se arrogan el derecho de “dirigir” el mundo discutir los términos de amistad, convivencia y buena correspondencia entre las personas, en vez de inventar más absurdas divisiones de “clase”?
No es extraño que Harari sea el asesor principal de Klaus Schwab, el fundador y presidente ejecutivo del Foro Económico Mundial. Tampoco es extraño que sus fanáticos vean el él un hombre de prestigio. No hay nada malo en eso. Y seguramente tampoco habrá nada malo en que también Harari se haya ganado un lugar entre los “intelectuales comentócratas,” como los caracterizó el académico mexicano Isaac Enríquez Pérez en su texto “El ocaso de los intelectuales y el extravío de la razón.” Ciertamente, “intelectual comentócrata” nada tiene que ver con ad hóminem, sólo es una tipificación sustantivamente acertada. Pero Harari seguramente puede tomar la expresión como un “piropo” cuando comparada a sus epítetos de “gente inútil” y “gente indigna,” o cuando habla en sus vídeos con gélida monstruosidad moral contra la dignidad humana.
No penséis que yo “veo mucha película” por imaginar un ejército de zombies. No hablo de los “condenados de la tierra” por el capitalismo a vivir en drogas y miseria en las grandes urbes de USA. Me refiero a un ejército de zombies que, controlados por los algoritmos de los “superintelectos” inspirados por los fantasmas de Malthus, un día se dirijan a matar con absoluta maestría a toda la gente de la “clase inútil.” O talvez hay que ser optimista y pensar que aquel macabro escenario sólo es un “sueño” de los ideólogos de The Great Reset (“El Gran Reinicio”) del Foro Económico Mundial “para mejorar el estado del mundo,” como dicen ellos.
* Wilfredo Gutiérrez es sociólogo
