Fabrizio Casari, 25 de octubre 2026

No cabe duda de que el mundo atraviesa una fase extremadamente convulsa. Tampoco cabe duda de que se trata de la más convulsa desde la posguerra hasta hoy, dado que está atravesado por 60 conflictos, golpeado por una crisis estructural del sistema capitalista de orientación financiera y marcado por el retroceso constante de la influencia del sistema dominante unipolar. La crisis se ha vuelto global ante la escasez energética provocada por el saqueo mediante el cual Estados Unidos intenta imponer que los recursos energéticos internacionales se destinen al mantenimiento de su modelo. Un modelo en crisis ética, política y económica por la deuda más elevada del planeta y por una profunda fractura social, que permite que las 500 empresas más ricas del mundo prosperen mientras 40 millones de estadounidenses sobreviven con índices por debajo de la pobreza.
La crisis golpea sobre todo a Occidente, pero es evidente que las consecuencias sobre la cadena de valor del comercio global de importación y exportación terminan afectando a casi todos. Sin embargo, en un contexto mundial en el que el crecimiento en torno al 1,5 % constituye el dato más extendido, y en el que incluso economías tradicionalmente consideradas entre las más sólidas del mundo luchan por evitar el crecimiento cero o incluso la recesión, Nicaragua, a su escala, lleva 19 años registrando un crecimiento importante tanto en términos relativos como absolutos.
Así lo ha destacado sin rodeos Ovidio Reyes, presidente del Banco Central: en 2025, el crecimiento del PIB fue del 4,9 %, por encima de las previsiones. En el primer semestre de 2026, los indicadores macroeconómicos y microeconómicos han señalado una trayectoria similar. La economía muestra señales de dinamismo y estabilidad al mismo tiempo, el comercio mantiene su actividad y las inversiones crecen un 18 %, lo que impulsa aún más el desarrollo.
El café sigue siendo uno de los pilares fundamentales de las exportaciones. Hay más de 252.000 manzanas cultivadas, 55.000 familias que viven de esta actividad y más de 500.000 puestos de trabajo directos e indirectos generados en las zonas rurales. Si en 2025 las exportaciones de café generaron 918,4 millones de dólares, las proyecciones para 2026 apuntan a una cifra aún mayor: en los primeros seis meses se alcanzaron los 691 millones de dólares.
Estos resultados se han obtenido precisamente gracias a la construcción de infraestructuras viales que, como señala Reyes, han facilitado el transporte de trabajadores y mercancías desde las explotaciones agrícolas hasta los puertos. Todo ello reduce los costes y aumenta la eficiencia productiva. Lo mismo puede decirse de la extensión del suministro eléctrico a todo el país, que constituye una enorme fuente de riqueza para la agroindustria, así como de la construcción continua de hospitales y centros de salud.
La producción y la comercialización del café se convierten así en un paradigma del modelo de crecimiento que integra el desarrollo de las infraestructuras, el bienestar de la población y el incremento de los ingresos. Es uno de los ejemplos más significativos de cómo el desarrollo integral del país se refleja en cada uno de los sectores que componen su economía.
Sin embargo, el aspecto más importante no reside en los datos concretos en sí mismos, sino en cómo el crecimiento macroeconómico repercute en la microeconomía; dicho de otro modo, en cómo el aumento de la riqueza nacional se traduce también en una mejora del bienestar de las familias. Estas se benefician, ante todo, de la estabilidad de los precios, que, incluso cuando los ingresos aumentan de forma limitada, permite incrementar indirectamente el poder adquisitivo al evitar que suban los precios de los productos de primera necesidad.
Precisamente para proteger este poder adquisitivo y, al mismo tiempo, salvaguardar el equilibrio presupuestario y vigilar las espirales inflacionarias - la inflación se sitúa en el 2,8 %, por debajo de la media del continente - la estabilidad de los precios constituye un aspecto fundamental de este panorama positivo. Gracias a ella, cada año una proporción mayor de la población puede acceder a bienes de consumo de los que antes estaba total o parcialmente excluida.
Revolución de la economía, economía de la Revolución
Aquí reside el sentido profundo de la economía social que inspira el sistema de bienestar vigente en Nicaragua. La combinación del apoyo directo mediante la gratuidad de los servicios sociales y las subvenciones al gasto en energía y transporte, junto con el mantenimiento de los precios, constituye la fórmula para una transmisión eficaz entre la microeconomía y la macroeconomía, entre la riqueza del país y la riqueza de sus habitantes.
No se trata de algo obvio, puesto que las principales economías del mundo capitalista de orientación neoliberal tienen precisamente en la escandalosa discordancia entre el crecimiento del PIB y el empobrecimiento de los sectores más desfavorecidos de la población su resultado más evidente.
Para ilustrarlo, imaginemos a tres personas y tres pollos sobre la mesa para comer: la economía liberal diría que cada uno tiene un pollo, pero si uno de los tres se come dos, otro se quedará sin nada. Y eso es exactamente lo que ocurre en las economías neoliberales, porque la transferencia neta de recursos de la riqueza pública a los bolsillos privados incrementa exponencialmente tanto el empobrecimiento de las clases medias y bajas como el enriquecimiento adicional y desmesurado de las clases altas.
En definitiva, el aumento de la riqueza casi nunca significa una mejora del bienestar de las clases desfavorecidas, porque el principio de la acumulación no significa nada sin el de la redistribución.
En Nicaragua, en cambio, la historia es completamente distinta, porque destinar el 65 % del PIB a la lucha contra la pobreza significa actuar en la dirección opuesta a la del liberalismo: la riqueza acumulada gracias al crecimiento económico se transfiere desde el Estado hacia los sectores más necesitados.
Esto permite poner en práctica un principio de justicia de matriz socialista y cristiana, así como un modelo económico keynesiano de orientación socialista, que contempla el aumento del poder adquisitivo de la población como mecanismo generador de la demanda interna. Esta genera una mayor circulación de dinero y propicia una mayor oferta, que a su vez permite crear más empleo, distribuir más riqueza y aumentar el consumo.
Por supuesto, no todo es tan automático ni está exento de incertidumbres. Las fluctuaciones de los precios de las materias primas en los mercados internacionales no pueden dejar de afectar a Nicaragua. Sin embargo, la dirección que ha tomado desde 2007 el modelo socioeconómico sandinista, gracias al papel de dirección política de la economía y de regulación del mercado, ha protegido al país de las distorsiones y las injusticias típicas de las economías liberales.
Estas últimas, por el contrario, plantean la exclusión del Estado de los mecanismos fundamentales de la economía y reducen su función a la gestión normativa y administrativa, dejando la gestión económica en manos de una improbable autorregulación del mercado, como si este fuera un organismo capaz de auto disciplinarse y no, por su propia naturaleza, un generador de privilegios, desigualdades, abusos e injusticias: la señal más clara de un desarrollo distorsionado.
La atención prestada a la protección de las cuentas públicas, incluso dentro de un modelo que prevé destinar la mayor parte del PIB a los sectores más desfavorecidos, ha servido para reparar la destrucción provocada por 16 años de liberalismo desenfrenado, a los que siguieron diez años de guerra y décadas de dictadura somocista.
Y precisamente en un contexto de gasto social tan elevado, esta política se ha traducido en la capacidad de mantener la inflación bajo control - estancada en el 2,8 % - y, al mismo tiempo, garantizar un desarrollo lo más equilibrado y armonioso posible entre las distintas regiones del país, con aceleraciones evidentes, pero nunca temerarias, permitiendo así mantener el equilibrio de las cuentas generales.
La apuesta ganadora del sandinismo ha sido negarse a aceptar para Nicaragua y los nicaragüenses el destino de un país subdesarrollado, rico en alimentos, pero con un pueblo hambriento, con una economía rural al servicio de los latifundios y humillante para los campesinos, gestionada por un Estado de ínfima categoría y con niveles altísimos de corrupción.
La paz, motor del desarrollo
También resulta evidente que el crecimiento de la producción y de las exportaciones está estrechamente vinculado al contexto general. Un contexto en el que la paz constituye el requisito indispensable para sembrar, cosechar, distribuir y comercializar el café, al igual que cualquier otro producto.
El General Avilés, Jefe del pueblo uniformado, ha recordado que el Ejército de Nicaragua ha desplegado a 3.000 efectivos para proteger la paz y la tranquilidad de los ciudadanos y productores en toda la zona, y que la condición para seguir mejorando la producción reside en la estrecha colaboración entre el Ejército, la Policía y los productores, unidos en el esfuerzo por construir una Nicaragua cada vez más orientada al crecimiento económico y al bienestar de la población.
En efecto, la paz es una palabra que encierra varios significados. La paz no solo es deseable porque reduce o elimina los conflictos y garantiza plenamente la tranquilidad, sino también porque genera estabilidad de manera directa. Y la estabilidad es precisamente el factor decisivo que incentiva las inversiones de capital nacional y extranjero en la producción y comercialización de productos agrícolas.
Por tanto, la estabilidad del entorno geográfico en el que se encuentran las grandes plantaciones agrícolas del país repercute de inmediato en la producción y, en consecuencia, en los volúmenes, los destinos, la comercialización y los ingresos que de ella se derivan, así como en la economía nacional.
El desafío de la pacificación nacional se ha superado. Así lo demuestran no solo los índices extraordinariamente bajos de criminalidad en el conjunto del continente, sino también la afirmación contundente de la estabilidad interna frente a cualquier intento de desestabilizar el marco político y constitucional del país.
Una Nicaragua que ha saldado las cuentas con el pasado y que ahora se proyecta hacia el futuro. Mirando hacia adelante, pero siempre con los pies en la tierra.