Fabrizio Casari, 25 de septiembre 2026

La reunión entre Xi y Trump puede interpretarse sobre todo como un intento de estabilizar la competencia sino-estadounidense, sin la pretensión ni la intención recíproca de resolver sus divergencias estructurales y armonizar sus orientaciones de política internacional. Existe una importante dimensión simbólica que Xi ha subrayado: los dos presidentes han realizado visitas recíprocas en menos de seis meses, definiéndolo como un hecho sin precedentes en la historia de las relaciones sino-estadounidenses.
Sin embargo, los dos presidentes llegaron a la cumbre en condiciones claramente diferentes: Xi lleva consigo la fuerte reducción de la influencia estadounidense en el mundo y la derrota militar sufrida en Irán, junto con el crecimiento exponencial de los BRICS en la escena global. Trump se encuentra, en cambio, en una situación muy diferente. Con el apoyo popular en mínimos a cuarenta días de las elecciones de mitad de mandato, un índice de aprobación que había descendido al 26 % y el precio del petróleo disparándose debido a la guerra en el Golfo en la que se había involucrado, se perfilaba con claridad un dato aún peor.
Nunca antes en la historia el diferencial entre sus bonos soberanos había alcanzado los 351 puntos básicos: a favor de Pekín, naturalmente. Sobre la base de una diferencia de esta magnitud, el coste del endeudamiento público estadounidense a largo plazo sería aproximadamente un 30 % superior al de Pekín.
El magnate necesitaba desesperadamente que su homólogo asiático le concediera algo, para poder exhibir ante la opinión pública estadounidense al menos un pequeño éxito. Pero no fue así. Trump pidió a Xi que detuviera, o al menos limitara, la ayuda a Irán, dado que Pekín proporciona armamento y herramientas a Teherán para resistir la agresión estadounidense, además de ser el principal comprador del crudo iraní. Lo mismo cabe decir de la guerra en Ucrania, donde Xi reiteró que China está dispuesta a trabajar por una mediación constructiva y realista, pero que nunca dará la espalda a Moscú, con la que mantiene un fructífero acuerdo de asociación estratégica y política. En definitiva, para Trump no hubo nada que hacer: ninguna negociación sobre ningún escenario del mundo es posible sin la previa cesación de todo apoyo político y militar a Taiwán.
Queda definitivamente archivada la idea occidental de una negociación entre una América dominante y una China que debe ceder: a lo que Xi y Trump han dado vida es a una etapa del diálogo entre dos grandes potencias que deben aprender a convivir. Xi habla explícitamente de la necesidad de encontrar “un nuevo enfoque para que los grandes países convivan entre sí”.
Pekín no interpreta el encuentro como el final de la rivalidad sino-estadounidense. Lo presenta más bien como un intento de darle una forma más previsible y manejable. Incluso análisis anteriores a la cumbre subrayaban que, desde el punto de vista chino, el valor podía residir sobre todo en la construcción de un marco conceptual - “estabilidad estratégica” - que posteriormente se llenaría de acuerdos concretos. Desde la parte china emerge una diferencia de perspectiva: ¿qué se ha obtenido concretamente?, ¿qué nuevo marco se ha establecido para gestionar la rivalidad inevitable? La lectura plantea primero la estabilidad y después la solución de los problemas. El lenguaje utilizado es el de una “relación constructiva entre China y Estados Unidos de estabilidad estratégica”: cooperación allí donde sea posible, competencia contenida y gestión de las divergencias.
Es significativo que Pekín hable de “estabilidad estratégica” en lugar de una verdadera asociación. Xi insistió en que los dos países deben mantener la cooperación como elemento principal; contener la competencia dentro de límites manejables; gestionar las diferencias; y aumentar la confianza mutua. Desde el punto de vista chino, por tanto, el objetivo realista no parece ser eliminar la rivalidad con Washington, sino impedir que la rivalidad degenere en conflicto o en una espiral económica y tecnológica incontrolable.
El comercio
China quiere contribuir a la estabilidad de las relaciones comerciales. Xi afirmó que debe ampliarse la lista de áreas de cooperación y reducirse la de las controversias. Por otra parte, esto es coherente con una lectura más pragmática: Pekín querría evitar una nueva escalada arancelaria con Estados Unidos, especialmente mientras puede aprovechar una fase de relativa estabilidad para consolidar el comercio, la tecnología y la capacidad productiva.
Taiwán es la línea roja
Aquí el lenguaje chino cambia sensiblemente. Si en materia económica y comercial Pekín vislumbra un espacio para el compromiso, en Taiwán y en lo relativo a la integridad territorial china el margen es mucho más estrecho, por no decir inexistente. Xi reiteró que la posición de Pekín sobre la “reunificación nacional y la integridad territorial” es clara y pidió a Estados Unidos que se oponga a la independencia de Taiwán y trate la cuestión con cautela. Desde el punto de vista chino, en definitiva, la cumbre no cambia la posición china sobre Taiwán.
La IA
Xi subrayó que China y Estados Unidos poseen ambas fuertes capacidades en inteligencia artificial y que pueden competir, pero también cooperar. Propuso un diálogo sobre los riesgos de la IA y una gestión que la mantenga bajo control humano. Esto es particularmente significativo porque la tecnología se ha convertido en uno de los principales terrenos de la competencia estratégica. Desde el punto de vista chino, el mensaje es claro: no convertir la innovación en competencia tecnológica y en un sistema permanente de exclusión recíproca, en referencia a las propuestas estadounidenses de limitación de la IA como instrumento de contención de China. Sobre todo, no llevar la IA al terreno de la supremacía militar, porque esto abriría escenarios catastróficos para todos.
En síntesis
Si tradujéramos la posición china en términos estratégicos, emergería un cuadro sistémico caracterizado por una competencia inevitable en torno al modelo de gobernanza internacional, sintetizable en el enfrentamiento entre el multipolarismo del Sur Global y el unipolarismo occidental. Pekín tiende a gestionar la competencia inevitable, pero busca evitar un desacoplamiento completo en el marco de una estabilidad en la relación bilateral. Por tanto, reducir la escalada y las políticas de aranceles y sanciones para ampliar, en cambio, los acuerdos existentes.
También en la gestión de la tecnología, que enfrenta a China y Estados Unidos debido a las políticas agresivas estadounidenses que buscan aislar a Pekín, el intento consiste en gestionar de forma paralela los riesgos y las amenazas objetivas que un desarrollo de la IA sin frenos ni reglas implica para toda la humanidad.
En el plano general, la dimensión recíproca y el peso político que ambos ejercen en la escena global tienen una referencia directa a dos modelos económicos, uno en pleno declive y otro estable. Si se quiere establecer un paralelismo, puede decirse que Estados Unidos sostiene su economía sobre el consumo, los servicios, las finanzas y la tecnología, mientras que China tiene una economía más industrial y manufacturera, orientada a la inversión y a las exportaciones. El Estado chino desempeña un papel mucho mayor en la dirección del crédito, las infraestructuras y los sectores estratégicos y, además de disponer de una liquidez superior a la de cualquier otro país, posee una gran ventaja en el comercio internacional, dado que 138 países tienen a China como principal socio comercial.
Lejos de ser únicamente diferencias de modelo, estas representan de manera integral una idea opuesta de la economía y de su finalidad: Estados Unidos considera el beneficio privado como motor y objetivo del crecimiento, mientras que Pekín considera que este debe estar subordinado y orientado al bien público. China, que en poco más de veinte años ha sacado de la pobreza a más de 900 millones de personas, que ha alcanzado el liderazgo en la producción industrial y el desarrollo tecnológico, construye su valor estratégico sobre la industria de bienes, las inversiones, las infraestructuras y las exportaciones. La diferencia estructural es esta: Estados Unidos destaca sobre todo en transformar la innovación y el capital en empresas y consumo, pero concentra la riqueza en pocas manos y amplía el área de la pobreza; China destaca sobre todo en transformar el capital, las infraestructuras y la capacidad industrial en una escala productiva cuyo primer objetivo, dentro de la economía interna, es el crecimiento del bienestar de su población, y concibe el desarrollo de todos los países como parte fundamental de su propio desarrollo y viceversa.
En definitiva, en China es la política a dirigir la economía y el país, en los EE.UU, la política y el país están dirigidos por la economía, que a su vez es dirigida por los bancos, de los cual los fondos son los dueños.
Sobre Taiwán, cuestión estratégica, identitaria y política al mismo tiempo, no existen posibles mediaciones. La isla es territorio chino al 100 % y la disposición china se limita a las modalidades de gestión del proceso mediante el cual Taiwán pasaría a estar bajo la soberanía china plena. Pekín es consciente de la extraordinaria importancia de la cuestión, pero también es igualmente consciente de que esta es hija de la intención abierta por parte de Washington de crear un cinturón alrededor de China, conteniendo su papel internacional y garantizándose el suministro de tierras raras útiles precisamente para la competencia estratégica.
En definitiva, la idea de Xi es obtener un entorno más distendido con Washington sin renunciar, sin embargo, a los intereses fundamentales chinos. Entre ellos se encuentra la expansión ulterior de la influencia china en el mundo, tanto en el comercio internacional como en la gestión del crédito y en el desarrollo de los BRICS, considerados por Xi como una defensa frente a un imperio unipolar que, acorralado, intenta inyectar su veneno en las venas del Sur Global y del Este emergente. El socialismo confuciano parece tener un buen antídoto.